FRASE ESCUCHADA EN LA COLA DEL SUPERMERCADO SUPERSEIS DEL SHOPPING VILLA MORRA UN DÍA DE MAYO –A LA HORA EN QUE TODAVÍA NO SABEMOS SI YA ES DE NOCHE O SOLAMENTE ESTÁ OSCURO- El arte al que se refiere el emisor de la frase (quiénes somos nosotros para entrecomillar la palabra arte, por demás fea costumbre) consiste aparentemente en pedir monedas en el semáforo adyacente. Es un arte, sin dudas. O, puede que sea un arte, sin dudas. Su interlocutor, otro artista a todas luces, lo apoya: “A mi también, pero suerte mi familia ya se murió toda”. Las demás personas, las de esta fila y las de las otras, hacen como que no escuchan, pero por si acaso agarran fuerte sus monederos. Igual, los artistas no son de temer: compran una ñoño, pagan como el resto de los gentiles, y se internan en la plaza Herminio Giménez. Una vecina vieja, vieja de cuando el arroyo Mburicaó tenía agua cristalina, se asegura de que los artistas se hayan retirado del todo y grazna: “¡Pero que bárbaro! ¡La juventud está perdida! ¡No les da vergüenza la vagancia!” La frase hubiera rebotado contra las pequeñas góndolas -trampa que los supermercadistas instalan al lado de las cajas para inducirte a comprar golosinas y chucherías inservibles- sino fuera por que otra señora, un poco más joven –más o menos de cuando el arroyo se desbordó y destrozó el puente sobre la avenida España- le contestó muy enojada, a dos filas de distancia, que hablaba por envidiosa, y por qué no tuvo las pelotas (creo que dijo agallas, o coraje, o alguna otra cosa de telenovela hecha de la línea del Ecuador para arriba) para dedicarse ella misma al arte, o a la vagancia o a la fresca viruta. El clima dentro del supermercado se puso tenso. Cada uno de los presentes se alineó mentalmente con la vieja que mejor reflejaba su propio pensamiento. Yo, por las dudas, destapé el desodorante en aerosol que había comprado, para rociárselo en los ojos a un eventual contendiente. Pero la voz chillona de la cajera hiper-expeditiva –una rara cualidad que las cajeras de supermercado sacan a relucir una vez por lustro, justo cuando menos se necesita- que preguntaba si “ticket nomás o factura”, destrozó los preparativos para el combate. Nadie se iba a pelear con nadie. Todo el mundo estaba muy ocupado, demasiado, además de histéricamente apurado, y nadie tenía tiempo para debates filosóficos sobre el arte o el dolce far niente. Ni siquiera para trenzarse en batalla campal. Afuera, en la plaza, los artistas tomaban su ñoño. De la pelea de la vieja re-vieja con la vieja moderadamente vieja, ni se enteraron y tampoco les hubiera importado. A mi se me cruzó por la mente unirme a ellos, pero me frenó la idea de que, por puro prejuicio de vagos, hubieran desaprobado el contenido de mis bolsas de supermercado: el arriba mencionado desodorante en aerosol (el mismo que según la publicidad no deja manchas y según mis remeras negras es igual a volcarse un frasco de talco encima), una botella de lavandina y una especie de semillitas rosadas de look inocente y efecto letal. Creo que le dicen cebo para ratas. Créditos: Natalia Daporta, revista WILD |
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